BALCÓN DEL VALLE

La Boca de la Pescá

Desde la distancia, su cumbre es la boca abierta de un enorme pez, exhalando burbujas de nubes y aire por entre sus comisuras de roca.

David Rios

Dependiendo del lugar desde el que tratemos de aproximarnos a esta cima emblemática de la baja montaña nevadense, podrá asemejarse a la boca de un pez, de ahí la denominación de la misma.

Por su flanco meridional , las paredes dolomíticas de la montaña caen prácticamente a pico desde los 1512 metros de su culminación al lecho del río Dúrcal, salvando un desnivel de más de 500 metros.

Por el norte sin embargo la montaña  muestra su cara mucho más amable, menos abrupta, siendo fácilmente accesible a través del sendero que, en suave zig-zag, asciende por ella a medio ladera.

Como en tantos otros itinerarios a lo largo y ancho del macizo de Sierra Nevada -el montañero de corazón sabe bien de lo que hablo-, el destino es el camino en sí. Lo cual no quiere decir que el final de la aventura no sea espectacular, que los es, con una vistas maravillosas sobre el cresterío inabarcable de Los Alayos, haciéndonos partícipes del perpetuo desafío del Trevenque con la línea de altas y blancas cumbres o de la lejana inmediatez del cerro de la Silleta. Invitándonos a cabalgar con la mirada, desde el cerro del Caballo, las extensas  llanuras del Padul y del temple granadino que hacia  poniente se ofrecen al esforzado caminante, una vez culminada la experiencia.

Antes, testigo de nuestros pasos, un nutrido rebaño de montesas habrá seguido tranquilamente nuestras evoluciones hacia el cerro de la boca de pescado, sin apenas interrumpir su pastoreo matutino de cada día.

Quizá que también nos hayamos sentido observados -objetivos de su inquebrantable mirada de piedra-, por la monolítica esfinge que, como inmovible centinela, vigila desde siempre el tramo más salvaje e inaccesible del río Dílar.

Las dedicatorias a seres queridos que tatúan su piel de roca revelen el carácter mágico, transcendente, de este lugar. Casi sagrado para muchos según sean las propias vivencias y el recuerdo de los que alguna vez nos acompañaron, dejándonos  para luego hacerse eternos en Sulayr, las montañas del sol y del aire.

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