BALCÓN DEL VALLE

Las turberas del mamut

De la ciencia a la leyenda

David Rios

Venus, “lucero del alba”, hace ya un rato que despuntó por oriente sobre el horizonte, apenas visible a través de la densa niebla de ínfimas e infinitas gotas en suspensión que cubren a esa hora la depresión del Padul, la extensa ciénaga que culmina la fosa tectónica del mismo nombre, delimitada hacia sus bordes noreste y suroeste por las fallas de las sierras del Manar y Los Molinos respectivamente.

Mucho antes, hace unos treinta millones de años y una vez desarrolladas las fases tectónicas de la Orogenia Alpina del periodo Terciario, ya había comenzada el relleno sedimentario de la fosa, creada durante esa etapa de formación de montañas.

La media luna que acompaña a Venus en la madrugada de ese día -cualquier día de hace aproximadamente treinta o cuarenta mil años, en el Pleistoceno Superior-, traza un sendero de luz sobre la planicie pantanosa. Cuatro ejemplares adultos de especie Mammuthus primigenius, comúnmente concidos como “mamuts lanudos”, caminan uno detrás de otro, siguiendo el reflejo de luna sobre el espejo de la laguna. Avanzan pausadamente, tanteanto el terreno con su larga trompa, usada a modo de sensible bastón retráctil al que confían la seguridad de sus pasos. Pero aquella madrugada el mamut que encabezaba el grupo, lazarillo de los otros tres, subestimó el peligro de atravesar la franja del lodazal próximo a la orilla: la inconsistencia de fango convirtió el suelo en una trampa mortal de arenas movedizas de donde los cuatro colosos, de tamaño similar al del elefante actual, no pudieron salir.

Las manecillas del reloj geocronológico siguieron girando, acabando de generarse en el Pleistoceno los grandes conos de deyección que desde las altas cumbres del macizo de Sierra Nevada se encargaron del relleno detrítico -mediante cantos de caliza dolomítica, arenas, limos y arcillas- de la fosa del Padul.

Coincidiendo aproximadamente con la época del referido suceso de los mamuts, al fnal del Plesitoceno Superior,y hasta el comienzo del Holoceno hace unos 10000 años las condiciones geoambientales de la zona -con la existencia de un sustrato rocoso impermeable y de un suelo con mal drenaje, con formaciones sedimentarias semipermeables- posibilitaron la formación del material turboso: se instaló entonces una vegetación propia de las cienágas, cuyos restos herbáceos, enterrados por la llegada de aportes masivos de arroyada procedentes del macizo nevadense, con el paso del tiempo, dieron lugar a los depósitos de turba existentes en la actualidad. Precisamante en el interior de uno de estos depósitos, durante los trabajos de extracción de la turba para su explotación comercial, fueron descubriéndose paulatinamente -entre los años 1973 y 1983- los restos óseos de hasta cuatro ejemplares adultos de la especie Mammuthus primigenius, que una noche de hace decenas de miles de años, siguiendo caminos imposibles de luna sobre las aguas de la laguna, quedaron para siempre atrapados en la turbera del Aguadero.

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