La vida cotidiana del Valle II:

Las Estaciones del Valle

Eduardo M. Ortega

Eduardo Ortega

Las estaciones de autobuses o las del antiguo tranvía de Estaciones Padul y Durcal y sus plazas, son lugares de cálido encuentro, pero también otras de rápidas despedidas. De alegrías y lágrimas, y quizás de viajes de ida y vuelta, y algunos otros para nunca volver más. Estas estaciones registran la vida de nuestros pueblos y su bullicio, son la clave del despertar de cada día de esa comunidad viva, o de cuando cae la noche. Allí en unos minutos cada uno reflexiona sobre su vida íntima e intrahistoria, así como de sus planes de futuro, un futuro por tanto como dijo el sabio griego: “Se ha de recordar que lo futuro ni es nuestro, ni tampoco deja de serlo, de modo que ni lo esperemos como ha de venir infaliblemente, ni por menos desesperes en ello porque no ha de venir nunca” EPICURO 340 a 270 a. C., frase que yo encontré en la visita de estos días a pasados a Mérida-Emérita Augusta, en la antigua provincia de romana de Lusitania. Por eso cada uno en la estación de la vida y del pueblo camina con sus penas y alegrías, aunque ya muchos, por usar el coche individual sólo les queden recuerdos. El viaje es por tanto una oportunidad que nos sale al paso como un desafío, también como una promesa, y otras como una rutina diaria. Pero ¿acaso no os habéis fijado en esos viejitos con cara enjuta y ojos brillantes, ya un tanto cansados, que aparecen en nuestras plazas, y que han dejado atrás la prisa?

 Ellos ya apenas viajan ya, se han instalado en la parada del recuerdo, a modo de cinemascope que repite el pasado de sus días. Saben que ya les queda poco en el trayecto, que el tiempo no es eterno, y que los días, minutos, horas, años, décadas, tal vez alguno o alguna cuente algún siglo, y ya estén preparados para el eterno viaje, ese que todos abrazaremos algún día, al igual que rompimos aguas de la madre, volveremos a la madre tierra que nos vio nacer y morir, y tal vez con suerte nuestras almas de nuevo despeguen y se regeneren… Por eso el futuro, es como el “spleen de París” que un día escribió el poeta simbolista francés Charles Baudelaire, que nos conecta con el bazo, con nuestros humores y melancolía. Y así es amigos y vecinos la vida, es una suma de alegrías, pero también de melancolías, sentimientos profundos, que muchas veces esta sociedad de la prisa ha tratado de disfrazar, o aprovechar para el consumo. El viaje no es un consumo por el placer, no, es una aventura hacia el infinito hermoso de los senderos y vericuetos…. Es un paseo donde la vida se arremolina de continuo, con sus exabruptos. Pero qué aburrida sería la vida si no hubiese altibajos, si no hubiese idas y venidas, y si no fuese posible soñar. Lo mejor de todo es no perder la ilusión, levantar la cabeza a veces cabizbaja, y pasear incólume y agradecido por los cerros y colinas, veredas y senderos de este Valle tornasol infinito, ubérrimo en primera, que renace en una estación de ida y vuelta. El niño, el adulto, el anciano, todos caminan a la par, el viaje se escapa hacia las nubes. Eso sí me dijo un anciano antes se viajaba más despacio a lomos de mulo, o caballo, o a pie, hoy los viajes se hacen como un rayo, no se contempla el paisaje, sino que se pisotea, no se abrazan los caminos, sino que se los hurta y esclaviza en autopistas de cemento. Todo huele a azahar, el mirto y la rosa junto al clavel y la enredadera del jazmín embelesan el alma, el viaje que dejamos ayer, hoy ha comenzado, como un torrente melodioso, en un jardín multicolor estrellado, donde la luna solitaria recorre los senderos de la tarde, en un inmarcesible lienzo, se escapa la vida en un Ay, un quejido, un suspiro. Mientras tanto cada uno ya regresa de sus tareas, cae la tarde plomiza y sudorosa, la brisa peina los árboles del camino, y unas gotas de lluvia empapan el barro fecundo de la huerta, arena y polvo del camino, y las huellas esas que huelen a paciencia y quebranto, esas que duermen sepultadas en la historia, y sólo esperan una mano amiga a que las despierten, con pincel en mano, y las rescaten del silencio del olvido. ¡Adiós al autobús, a la guagua de la vida!, y allí me quedo callado, impertérrito, las horas detenidas, el tiempo pasa aquí imperceptiblemente en el Valle, y yo sigo esperando.

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