Historia de la vida cotidiana del Valle XVII:

Los cortijos del Valle

Eduardo M. Ortega

Hoy no hablaré de los cortijos, pues en la mayor parte de los casos todos los conocemos. Hablaré ciertamente de lo que nos evocan dichas paredes y construcciones y cómo han evolucionado a lo largo del tiempo. En el Valle, como en muchas partes de Andalucía se ha pasado de una vida estrictamente o en su mayor parte rural que venía del siglo XIX, donde la revolución industrial, en Andalucía fue muy corta, a una vida más urbana. Es por tanto común que las huertas, cortijos, alquerías, ventas y tantas palabras parecidas que definen esta construcción, estuviesen diseminadas por nuestra geografía. Hoy en día más que un lugar de trabajo del campo en muchos casos sólo son lugares de recreo, de ocio, o de turismo rural. Sin embargo no podemos olvidar esa España rural, plagada de pequeñas construcciones a lo largo de sus cerros y valles, en especial en Granada, donde aparecen como un conjunto de setas dispersas a lo largo de un bosque.

En sus cimientos nos evocan un pasado en muchos casos esclavo y servil, ante un clientelismo, y un caciquismo rural, del que en parte ya se recuerda poco, y de otro lado un lugar también de convivencia, fiesta liberación y descanso. En otro tiempo que no había hospitales se daba a luz en el cortijo ayudado de la partera de la zona, y en raras ocasiones acudía el médico salvo que el parto tuviese complicaciones, y lo hacía a caballo. Por desgracia, la instrucción pública era pobre, y muchas veces los niños de esos braceros del campo del cortijo apenas acababan la escuela y se incorporaban en una edad temprana a las labores del campo en el caso de los niños, o de la casa en el caso de los niñas. Llenas están las canciones con nuestras letras populares, de la mocita que se fuga del cortijo, o es abusada del señorito, o le hace concebir un hijo no deseado, pero su clase social distinta les impide el matrimonio. Mozas de aquí y de allá metidas entre cuatro paredes a servir en el cortijo del señorito, y que apenas pueden sobrevivir, están ahí por la comida y un exiguo salario. Por eso la moza casadera del cortijo espera la tabla de salvación de un hombre trabajador que la mantenga, y a la vez, la libere de su esclavitud temporal. Los cortijos nos hablan de desavenencias, también de asesinatos, de familias unidas y familias destrozadas, de confesiones al aire, y de cantes, bailes y alegrías. Fiestas de los cortijos en la Candelaria, o en San Isidro, o en la vendimia, sin olvidar la matanza del cerdo, nos evocan periodos cíclicos de tradición alegre en la que todos sus miembros se reunían a celebrar. Los cantares flamencos surgían alrededor de su candela, y expresaban el lamento del pobre y su sufrimiento. Hoy en día los cortijos se han quedado como un lugar de encuentro y ocio, y poco más. Sin embargo entonces, a comienzos del siglo XX por ejemplo, había que ser autosuficientes, y el cortijo sobre todo en algunas fincas grandes, era un lugar de descanso, pero también de aprovisionamiento, en él se reunían, hombres, mujeres, junto a sus animales domésticos, y de carga, no existía la televisión, y pronto había que madrugar para levantarse con el sol. Si preguntamos a nuestros abuelos, ellos nos pueden contar, aunque ya cada día el tiempo se va distanciando, cómo eran las fiestas y los sudores del cortijo. Por eso en muchos casos la gente apostaba por su individualidad, y salir del cortijo y tener su propia casa, para vivir aparte. Pocas familias eran fijas en el cortijo, tan sólo el encargado, su mujer y los hijos, junto a los propietarios del mismo(que en muchos casos vivían en la capital de provincia), el resto muchos de los braceros, sólo eran temporales, ganapanes de real y medio a dos reales, con lo que trataban de conquistar el mundo. Las mujeres habitualmente no trabajaban con los hombres, la brisa de la tarde peinaba los campos, y la mañana del rocío les lavaba su cara. Todo era paz, el trabajo duro, el sudor bravío, y a lo lejos se escuchaban los gallos cantar al despuntar el día, el cortijo despertaba de las sombras de la noche, y el campo olía a tomillo y romero, a tierra mojada. Pero no siempre el recuerdo del cortijo era para siempre, y el paisano del lugar había pasado página y enterrado su pena allá en el cortijo, buscando nuevos horizontes, tal vez, para no volver más.

 

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