Historia de la vida privada XLIV:

La beata Florentina

Eduardo M. Ortega

La conocí en mi pueblo, en Nigüelas, a modo de beguina o alma que hace caridad, todo el día rezando con el rosario en los labios. Puntual en cada rezo, en cada misa, en cada entierro. La oración y la campana de la Iglesia, son una llamada poderosa para esta mujer ya entrada en años. Por su mente pasan todas las necesidades del mundo, de las familias del pueblo, apenas si levanta la vista, y continua rezando o cantando. Ahora voy a pedir por tal vecino, ahora por tal familia, ahora por la paz del mundo, su espíritu no descansaba postrado hacia Dios, buscando el bien de toda la humanidad. A algún ateo, tal figura podría parecerle un adefesio, pero no, con su ejemplo y humildad, y talante estaba dando ejemplo a muchos. Llevaba la vida un tanto solitaria, y los hijos no la visitaban mucho. A ella le gustaba la confidencia con el Señor, ese que ella sabe que está en el altar, y oculto en la Hostia venimos a adorar.

Florentina, no tiene tiempo de murmuraciones, apenas ve la tele, hace las faenas de la casa con diligencia, no tiene quién le ayude, el resto del tiempo lo dedica a coser y a tejer algunas prendas, a veces en compañía de alguna vecina. Viste de riguroso luto, pues es señal de que su viudedad va por delante. Hace ya cerca de cincuenta años, medio siglo que Florentina junto a otras vecinas ayudaban en la parroquia, al mismo tiempo que se interesaban por la necesidad de otros vecinos. Hace cincuenta años en el pueblo había pocos coches, y bastantes semovientes, la mayoría de la gente había emigrado y había muchas mujeres solitarias en el pueblo. Las faenas agrícolas eran duras y sencillas, se hacían a jornal o a torna peón. El pueblo regía sus ritos y fiestas por las campanas de la Iglesia, apenas había teléfonos, y pocos medios de comunicación.

La beata piensa que ya le queda poco para ir al otro mundo, para estar con el Señor, las piernas le flaquean, los huesos le duelen con el reuma, pero el alma está radiante de plenitud en su espíritu. Quizás no fue declarada beata por la Iglesia, como tantas Florentinas anónimas, ni falta que hacía, pues Dios que lo ve todo en secreto, estaba contento con este alma, sencilla y pura. En aquélla época se veneraban a los santos más que hoy, y también se rezaba a las ánimas o almas del purgatorio, el agua bendita no escaseaba, como hoy en día, y había más gestos y ritos que de costumbre. Los cánticos de las mujeres entonaban a coro, y lloraban la muerte de un ser querido, o se alegraban del gozo de un nacimiento o boda, y allí estaba siempre Florentina, la Iglesia estaba radiante, mientras los ateos pensaban que era una pérdida de tiempo. En la época de Florentina rara vez iban las mujeres a la taberna, las costumbres eran diferentes. Mientras tanto por las tardes, a veces escuchando el serial radiofónico, la beata está cosiendo las medias, no le llega su humilde paga para comprar unas nuevas, o teje algún abrigo para el invierno. Su cara está radiante, su mirada siempre puesta en el Señor… Algunos chiquillos a veces se mofaban de ella, y les sorprendía una conducta tan seria y correcta. Sin embargo ella, había entendido bien el Evangelio, ese párrafo que dice Jesús que da gracias al Padre, porque Dios ha ocultado las cosas a sabios y entendidos, y sin embargo se las ha revelado a los humildes y sencillos. Ser como un niño, en el silencio de los días, y no tener otro pensamiento que cumplir con el deber y dedicar el corazón al Señor, una devoción perfecta, una guía sencilla de vida, que le hizo vivir bastantes años. Habrá muchos que ya no conocen esa otra época del velo en la Iglesia, o de otras buenas costumbres, no había tanto consumo entonces, y el tiempo se disfrutaba de manera perenne. Caía la tarde estival, y el pueblo, en el rezo del rosario se recostaba en silencio.

 

  Directores: Fabienne y Vitaliano Fortunio  -  Tlfno. contacto y para contratar publicidad: 666 64 78 24